Levantado del suelo. José Saramago

 


    José de Sousa, es conocido como Saramago por el apodo de su familia. Este saramago, que los que pintamos canas conocemos como pan y quesito, la flor de la falsa acacia que comíamos con frecuencia como si fuera nuestra merienda, y de la que también se alimentaban los pobres. Este sobrenombre le acompañaría como apellido ya desde su inscripción en la escuela primaria. Aunque de formación profesional cerrajero, durante sus estudios también aprendió francés y literatura, lo que le impulsó a frecuentar la biblioteca y a disfrutar de la lectura.

          Se convirtió en escritor y poeta en mil novecientos cuarenta y siete. Años después, su trabajo en la producción de una editorial impulsó su relación con la literatura. Tras varias vicisitudes profesionales, en mil novecientos ochenta escribió Levantado del suelo, con la que comenzó a desarrollar su estilo novelístico.

          Esta novela narra la vida de los campesinos en el Alentejo  a través de cuatro generaciones de la familia Maltiempo que comienza  con el derrocamiento de la monarquía en mil novecientos diez hasta la revolución de los claveles en mil novecientos setenta y cuatro. Su vida en un latifundio, que por otra parte, comprenderemos que no se trata del latifundio en el que vive esta familia, sino del sistema reinante en aquellos tiempos. Es un sistema que podríamos calificar de caciquismo como sucedía en España y seguramente también en Europa hasta que aparecieron los movimientos obreros y campesinos.

          Para significar que es un sistema eterno y vigente desde siglos atrás, Saramago inventa los nombres de  los propietarios simulando los de los reyes godos: Lamberto, Adaberto, Alberto y otros bertos. Resulta angustiante cómo a los latifundistas no les importa en absoluto la vida de sus campesinos, que pasen hambre, que vivan en condiciones infrahumanas, que coman hierbas, que se vean obligados a  mendigar, o que mueran por carencias diversas. Sin embargo, para no acordar ninguna subida en los jornales, por nimia que sea, prefieren enfrentarlos contratando a otros jornaleros llegados del norte y dispuestos a trabajar a cualquier precio para paliar sus igualmente enormes necesidades. Incluso llegado el momento, preferirán dejar los campos sin labrar o sin segar mientras los campesinos no depongas sus reivindicaciones.

           La narración se desarrolla con el peculiar estilo de Saramago, que se permite intervenir en los sucesos como narrador omnipresente y explicar la razón por la que los hechos se desarrollen como él lo decide y no de otra manera diferente. Nos encontramos ante un prolífico estilo indirecto libre, principalmente en el inicio el relato; La falta de puntuación, en este caso de puntos e interrogantes que no facilita las cosas y, sin embargo, pronto se ve su uso peculiar de las comas porque detrás de ellas aparecen letras mayúsculas, cosa es no es ni habitual ni correcta. Saramago escribe esta novela en clave de historia oral y no como historia escrita, por lo que las mayúsculas detrás de las comas indican un cambio de personaje en los diálogos, que por otra parte, no parecen diálogos. Otra licencia que se permite es la de retroceder o avanzar en la sucesión de hechos o acontecimientos porque así es como se cuentan las historias orales; cuando se olvida un elemento, se interrumpe la historia para añadir el hecho olvidado. Y puesto que Saramago ha escogido contar una historia para sus oyentes, incluye a otros contadores de cuentos como Antonio Maltiempo con José Gato, bandido por necesidad que vende el producto de sus robos para vivir.

          Sorprenden las constantes alusiones a la Historia de forma implícita como por ejemplo,  la primera guerra mundial y la preocupación por la revolución rusa: ”En algunos pueblos de alrededor hubo quien se puso de luto, nuestro pariente murió en la guerra. (…) las potencias están  preocupadas por lo que pasa en Rusia, bolchevismo (…). El recuerdo de la masacre de Badajoz durante la guerra civil española con el encierro de varios huelguistas:”(…) porque pronto llega la noticia de que el día antes la guardia llenó de braceros la plaza de Montemor, amontonados allí como ganado, todos presos. Los que de buena memoria se acordaron de Badajoz, de aquella matanza también en la plaza de toros (…) (p. 132). O  de la  segunda guerra mundial: “(…) si esta guerra la hubiera ganado quien yo sé, ni se atreverían a mover un dedo, estarían allí callados como ratas, trabajando por lo que quisiéramos pagarles (…) (p. 131).

          La familia Maltiempo no es ajena a los cambios que se producen con el paso del tiempo y sus mentes también evolucionan; lo hace Antonio Maltiempo que aprovecha el servicio militar para aprender a leer y escribir, lo hace Manuel Landero, e incluso el padre, Juan Maltiempo que pasará seis meses en la cárcel en Lisboa denunciado por un compañero, quizá porque no soportó las torturas; también Juan  estuvo sujeto a torturas para que confesase algo que desconocía, pero no denunció a nadie; después descubrió la solidaridad, la amistad, el sentido de pertenencia al grupo, y la “universidad popular” establecida por los demás presos políticos para ayudar y formar a los que no tenían estudios.

          La Iglesia no se libra de la crítica de Saramago, pues concluimos que su única razón de existir es el justificar la existencia del poder.

           Los latifundistas se quejan por los cambios de los nuevos tiempos y por la pérdida de las colonias; se protegen con la guardia que detiene a los campesinos en huelga; los campesinos van perdiendo el miedo a protestar y reivindicar a pesar de la represión, y por fin llega la revolución de abril; los guardias no saben qué hacer, esperan órdenes, pero tampoco saben de quién. Se producen fugas de capitales y abandono de tierra que, por otra parte, son ocupadas por los campesinos.

          Saramago, que conoce perfectamente el Alentejo,  no duda en narrar hechos dramáticos e incluso trágicos utilizando su personal estilo de la ironía e incluso del sarcasmo, pero también de la poesía, puesto que también era poeta. Tampoco duda en utilizar el léxico campesino y sus giros lingüísticos. Saramago construyó una novela magistral en la que refleja la lucha de clases. Sin hacer política muestra el destino de los campesinos de sufrir y estar sucios como muestra de su trabajo constante, mientras los latifundistas disfrutan del fruto de este trabajo sin el menor caro de conciencia.

         


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